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Nutrición punk: recuperar el cuerpo sin convertirlo en una obligación

Por Fernando Aparicio, colaborador de Espacio Orgánico.

No hace falta llevar uniforme para imponer una norma. Hoy las autoridades son otras: una dieta de moda, un gurú con millones de seguidores o un algoritmo que te recuerda, una y otra vez, que no eres suficiente.

Despertarse pronto, no mirar el móvil, beber agua con limón, meditar, hacer ejercicio en ayunas —salvo que hayas leído que eso es fatal para tus hormonas—, tomar suplementos, comer limpio, dormir ocho horas, controlar el estrés, cuidar la microbiota, equilibrar las hormonas y, si queda tiempo, poner una sonrisa.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre salud ni tantas herramientas para cuidarnos. Y, sin embargo, parece que cada vez tenemos más motivos para preocuparnos por nuestro cuerpo. Quizá el problema no sea que nos interese demasiado la salud, sino la forma en que hemos aprendido a relacionarnos con ella.

Soy Fernando Aparicio, naturópata, dietista y psiconeuroinmunólogo especializado en salud digestiva y salud hormonal femenina, y llevo más de dos décadas acompañando procesos clínicos desde un modelo individualizado. 

Mi trabajo trasciende lo estrictamente clínico: entiende el cuerpo como un territorio político, emocional y ecológico. En mi libro Nutrición Punk planteo que la salud no es un resultado que se consigue, sino una relación que se construye con el propio cuerpo, la alimentación, el sistema nervioso y el entorno.

El cuerpo convertido en proyecto

Vivimos en una cultura que nos invita a mejorar constantemente. No basta con estar bien: hay que ser “la mejor versión de uno mismo”. No basta con comer; ahora debemos conocer el índice glucémico. Ya no basta con dormir; también hay que analizar las fases del sueño.

Todos los divulgadores tienen una teoría. Algunos parten de conocimientos sólidos; otros mezclan datos científicos, experiencias personales, intuiciones y certezas que no siempre resisten demasiadas preguntas.

El problema no es divulgar, ni compartir experiencias, ni siquiera simplificar conceptos complejos para hacerlos accesibles. El problema aparece cuando la simplificación se convierte en dogma y una experiencia individual pretende explicar la salud de todo el mundo.

Entonces la salud deja de ser un proceso vivo y se transforma en un proyecto de optimización permanente. El cuerpo pasa a ser un objeto que hay que medir, corregir, mejorar y mostrar. Y cada síntoma, cada elección alimentaria o cada noche de sueño imperfecto puede convertirse en motivo de culpa.

¿Dónde termina el cuidado y empieza el control?

La alimentación no es solamente una cuestión de nutrientes, calorías o metabolismo. También está atravesada por normas culturales, ideales estéticos, discursos morales y expectativas sociales. 

No comemos únicamente para alimentarnos: también aprendemos qué alimentos son “buenos”, qué cuerpos son deseables y qué comportamientos merecen reconocimiento o desaprobación.

La nutrición también puede ser una forma de control. Hoy, buena parte de esa disciplina se presenta bajo el lenguaje del autocuidado. Ya no siempre necesitamos que alguien nos imponga una norma desde fuera; podemos terminar vigilándonos nosotros mismos. 

Contamos pasos, registramos calorías, analizamos cada síntoma y buscamos constantemente señales de que algo no funciona como debería.

Esto no significa que cuidarse sea negativo. Comer mejor, mover el cuerpo, descansar o atender a las emociones puede ser profundamente transformador. Pero hay una diferencia importante entre cuidar y someter. 

Cuidar implica escucha, flexibilidad y respeto por las necesidades reales de cada persona. Someter implica obediencia, miedo y la sensación de que nunca hacemos suficiente.

La pregunta no es si debemos interesarnos por nuestra salud, sino quién define qué significa estar sano, con qué criterios y para quién.

El mercado no es el enemigo, pero tampoco es nuestro médico

El mercado ofrece alimentos, suplementos, libros, tratamientos, tecnología y servicios que pueden ayudarnos a vivir mejor. Detrás de muchas de estas iniciativas hay profesionales comprometidos, proyectos honestos y personas que trabajan para ofrecer alternativas necesarias. Sería absurdo meterlo todo en el mismo saco.

Pero también sería ingenuo pensar que el mercado es neutral. Las empresas necesitan vender, las marcas compiten por nuestra atención y los mensajes que circulan tienen más posibilidades de destacar cuando despiertan emociones, prometen resultados claros o simplifican problemas complejos.

La salud es especialmente vulnerable a esta dinámica porque todos tenemos algo que perder y todos podemos sentir miedo ante la enfermedad, el envejecimiento o la incertidumbre. Ese miedo facilita que aceptemos promesas rápidas, protocolos universales y soluciones milagrosas.

El pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo. Consiste en no entregar nuestro criterio a nadie, tampoco a quienes hablan un lenguaje con el que nos identificamos. 

Ni siquiera a quienes utilizan palabras como “natural”, “consciente”, “holístico” o “anti sistema” si detrás no hay contexto, matices y respeto por la singularidad de cada persona.


¿Quién puede permitirse cuidarse?

Hay otra contradicción que merece atención: solemos insistir en que cada persona es responsable de su salud, pero no todas disponen de las mismas condiciones para cuidarse.

Comer adecuadamente requiere conocimientos, pero también dinero y tiempo. Descansar depende de nuestros hábitos, pero también de las condiciones laborales y familiares. 

Reducir el estrés puede exigir cambios personales, aunque resulta difícil hacerlo cuando la precariedad, la incertidumbre o la sobrecarga forman parte de la vida cotidiana.

Podemos influir en muchos aspectos de nuestro bienestar, pero no controlamos todas las variables ni podemos garantizar los resultados. La enfermedad no es un fracaso moral, ni la salud un premio para quienes mejor obedecen.

Hablar de salud sin hablar de contexto es una forma incompleta de hablar de salud. El cuerpo no vive aislado: vive en una casa, en un trabajo, en una familia, en un barrio, en un sistema sanitario y en una cultura. Por eso, una mirada realmente integradora debe incluir también las condiciones materiales y sociales que hacen posible —o imposible— cuidarse.

Una desobediencia que merece la pena

Quizá necesitamos recuperar una relación más libre con nuestros cuerpos. Cuidar el cuerpo no es lo mismo que someterlo a vigilancia constante. Y buscar bienestar no debería exigirnos vivir preocupados por todo lo que todavía tenemos que cambiar.

La verdadera autonomía empieza cuando podemos preguntar, contrastar y decidir sin obedecer ciegamente a una autoridad, una tendencia o una promesa comercial. También cuando entendemos que el cuidado no es exclusivamente individual.

Necesitamos políticas que nos sostengan, condiciones de vida dignas, acceso al conocimiento y servicios sanitarios capaces de acompañarnos sin reducir nuestra existencia a una colección de indicadores.

Espacios como BioCultura Madrid, que este año se celebra del 26 al 29 de noviembre en IFEMA Madrid, ofrecen una oportunidad para descubrir alternativas, conocer proyectos y compartir conocimientos. 

Pero su valor también está en abrir preguntas: ¿qué significa realmente vivir bien?, ¿cómo distinguimos una propuesta útil de una promesa exagerada?, ¿cómo hacemos que las alternativas saludables sean accesibles para más personas?

Cerebro, estrés y autoinmunidad

Estas preguntas serán el punto de partida de mi charla: “Cerebro y autoinmunidad: la biología en la cultura del individualismo”, el viernes 27 de noviembre, de 13:30 a 14:15 horas, en la Sala 3.3, organizada por Espacio Orgánico.

¿Quién gobierna nuestro sistema nervioso cuando la vida se convierte en una campaña electoral permanente? ¿Y qué sucede cuando el organismo lleva demasiado tiempo negociando con las condiciones en las que le exigimos funcionar?

En un fin de semana en el que elegimos a quién queremos que nos gobierne, merece la pena preguntarnos quién gobierna realmente nuestras respuestas fisiológicas. Nos hemos acostumbrado a buscar soluciones dentro del individuo, incluso cuando parte del problema está en el entorno al que debe adaptarse.

Es la paradoja de una sociedad que exige calma mientras produce urgencia.

En esta conferencia se analizará esa paradoja desde la psiconeuroinmunología, pero con una mirada punk de la salud: cuestionando la tendencia a interpretar el bienestar como una responsabilidad exclusivamente personal. 

Se explorarán los mecanismos de la comunicación neuroinmunitaria, el papel de la microglía, la carga alostática y las vías fisiológicas que conectan el estrés sostenido con la regulación inmunitaria.

También se abordarán los límites del organismo y las diferencias entre inflamación, desregulación inmunitaria y autoinmunidad. No se trata de ofrecer una fórmula universal, sino de recuperar una comprensión más amplia del cuerpo: una en la que biología, emociones, entorno y condiciones de vida están íntimamente relacionadas.

El progreso también es desconectar

Quizá el progreso no consista en encontrar una nueva forma de optimizar cada minuto de nuestra existencia, sino en construir una vida en la que no necesitemos optimizarlo todo.

Cuestionar las normas también es una forma de cuidarse. Y si después de leer esto decides tomarte un rato para no hacer absolutamente nada, disfrútalo. Eso también es una forma de desobediencia.

Porque recuperar el cuerpo no debería significar convertirlo en una tarea más de una lista interminable. Debería significar volver a habitarlo, escucharlo y defender su derecho a existir sin tener que demostrar constantemente que somos suficientemente sanos, productivos, disciplinados o “conscientes”.

Te esperamos en BioCultura Madrid 2026. La feria de productos ecológicos y consumo responsable se celebra del 26 al 29 de noviembre en el Pabellón 3 de IFEMA Madrid.

Cerebro y autoinmunidad: la biología en la cultura del individualismo

Fernando Aparicio

Sala 3.3

Viernes 27 de noviembre, de 13:30 a 14:15 h

Organiza: Espacio Orgánico.

FERNANDO APARICIO GUTIERREZ 21 de octubre de 2026

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