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Alimentación y salud femenina después de los 45: cómo cuidar el cuerpo en cada etapa

La OMS (Organización Mundial de la Salud) Europa advierte de que las mujeres mayores de 45 años tienen alrededor de un 14% más de probabilidades que los hombres de la misma edad de ver registrada su muerte bajo una causa “mal definida”.

El dato revela un problema que va mucho más allá de las estadísticas: durante décadas, la salud femenina se ha relacionado principalmente con la maternidad, mientras que muchas enfermedades que afectan a las mujeres en la madurez siguen estando infradiagnosticadas, poco investigadas o insuficientemente atendidas.

Las mujeres viven, de media, más años que los hombres. Sin embargo, vivir más no significa necesariamente vivir más tiempo con buena salud. Según el análisis de la OMS para Europa, las mujeres pasan más años conviviendo con enfermedades crónicas, discapacidad o dependencia.

Este matiz es especialmente importante a partir de los 45 años, una etapa en la que pueden coincidir cambios hormonales, menopausia, alteraciones del sueño, pérdida de masa muscular, problemas cardiovasculares, salud mental y una mayor acumulación de factores de riesgo

Con frecuencia, estas cuestiones se abordan de forma aislada, sin contemplar la salud de la mujer como un proceso continuo.

El informe de la OMS Europa utiliza datos de mortalidad de la región entre 2000 y 2022. Esta zona incluye 53 países de Europa y también territorios de Asia central y occidental. Para observar mejor las tendencias, la organización emplea promedios de cinco años, principalmente del periodo 2018-2022, y trabaja con información procedente de registros civiles y sistemas nacionales de mortalidad.

Uno de los mensajes centrales es claro: la mayoría de las muertes de mujeres se producen fuera del periodo relacionado con el embarazo y el parto. Aun así, muchas políticas sanitarias continúan poniendo el foco en la etapa reproductiva, como si la salud femenina perdiera importancia después de la maternidad.

Qué significa una causa mal definida

Cuando una persona fallece, la causa de la muerte debería indicar, siempre que sea posible, la enfermedad o el proceso que la provocó. Sin embargo, en algunos casos se utilizan categorías demasiado generales, como “fragilidad”, “parada cardiaca”, “insuficiencia cardiaca”, “demencia no especificada” o, sencillamente, “causa desconocida”.

Estas denominaciones pueden describir el momento final, pero no siempre explican qué enfermedad inició la cadena de acontecimientos. Por ejemplo, una parada cardiaca puede ser la consecuencia de una enfermedad coronaria, una arritmia, un infarto o una insuficiencia cardiaca avanzada. 

Si el certificado solo recoge la parada, se pierde información esencial.

La OMS calcula que, entre las mujeres de 45 años o más, la probabilidad de que la causa de la muerte se clasifique como “mal definida” es aproximadamente un 14% superior a la de los hombres del mismo grupo de edad.

Este dato no significa que todas esas muertes se hayan investigado incorrectamente ni que exista una única explicación. En edades avanzadas es habitual que una persona tenga varias enfermedades crónicas al mismo tiempo. Esa combinación puede dificultar la identificación de la causa principal del fallecimiento.

Pero la edad no basta para explicar la diferencia entre mujeres y hombres. La organización señala otros factores: retrasos en el diagnóstico, menor investigación clínica sobre mujeres y una infrarrepresentación persistente en determinados ensayos, especialmente en el ámbito cardiovascular.

El corazón de las mujeres también enferma

Las enfermedades cardiovasculares son una de las principales causas de muerte tanto en mujeres como en hombres. Sin embargo, no siempre se manifiestan de la misma manera.

El dolor intenso en el pecho es uno de los síntomas más conocidos del infarto, pero en las mujeres pueden aparecer señales menos reconocibles: cansancio inusual, falta de aire, náuseas, malestar digestivo, sudoración, dolor en la espalda o una sensación de presión que no siempre se interpreta como una urgencia cardiaca.

Cuando estos síntomas se atribuyen al estrés, a la ansiedad, a la menopausia o a problemas digestivos, el diagnóstico puede retrasarse. También puede ocurrir que la propia mujer tarde más en pedir ayuda porque no identifica lo que le sucede como un problema cardiovascular.

Esto no significa que cualquier cansancio sea una señal de infarto. Significa que los síntomas de una enfermedad pueden variar y que los profesionales necesitan contar con formación y herramientas que tengan en cuenta las diferencias entre sexos y edades.

La OMS relaciona esta falta de visibilidad clínica con la forma en que finalmente se registran algunas muertes. Si una enfermedad no se reconoce o no se investiga suficientemente durante la vida, también puede quedar menos clara la causa del fallecimiento.

El resultado es un círculo difícil de romper: menos datos específicos producen menos conocimiento y, a su vez, pueden conducir a menos investigación y prevención.

Más allá de la menopausia

Para muchas mujeres, los 45 años marcan el comienzo de una etapa de grandes transformaciones. La perimenopausia y la menopausia pueden incluir sofocos, cambios en el ciclo menstrual, insomnio, alteraciones del estado de ánimo, dificultades de concentración, sequedad vaginal o cambios en la composición corporal.

Aunque no todos estos síntomas requieren el mismo tratamiento, sí merecen una atención sanitaria individualizada. No deberían normalizarse automáticamente con frases como “es la edad” o “son las hormonas”.

A partir de esta etapa también conviene prestar atención a factores que influyen en la salud a largo plazo:

  • La tensión arterial, el colesterol y la glucosa.
  • La salud cardiovascular y respiratoria.
  • La masa muscular, la fuerza y el equilibrio.
  • La densidad ósea y el riesgo de osteoporosis.
  • La calidad del sueño y el bienestar emocional.
  • La alimentación, la actividad física y el consumo de tabaco o alcohol.
  • Los antecedentes familiares y las revisiones preventivas recomendadas.

Cuidarse no consiste en perseguir una imagen concreta ni en intentar detener el envejecimiento. Consiste en conocer el propio cuerpo, detectar cambios persistentes y recibir una atención que tenga en cuenta la historia personal de cada mujer.

En este punto, una alimentación variada basada en alimentos frescos puede formar parte de un estilo de vida saludable. Las verduras, frutas, legumbres, frutos secos, cereales integrales, pescado, huevos y otras fuentes de proteínas aportan nutrientes importantes. Pero ningún alimento aislado sustituye a una evaluación médica, un diagnóstico o un tratamiento.

A partir de los 45 años, y especialmente durante la perimenopausia y la menopausia, cuidar la alimentación puede ayudar a proteger la salud cardiovascular, mantener la masa muscular y acompañar el bienestar de los huesos. 

No existe una dieta única para todas las mujeres: las necesidades dependen de la edad, el nivel de actividad física, la composición corporal, los antecedentes familiares, la presencia de enfermedades y los posibles tratamientos. 

Sin embargo, el patrón de alimentación mediterráneo ofrece una buena base: prioriza las verduras y hortalizas, las frutas, las legumbres, los cereales integrales, el aceite de oliva virgen extra, los frutos secos y las semillas, e incluye pescado, huevos y lácteos o alternativas enriquecidas dentro de una alimentación variada

La evidencia disponible relaciona este modelo con una mejor salud cardiovascular y metabólica y con beneficios potenciales sobre algunos factores asociados a la menopausia.

Nutrientes importantes en esta etapa

La proteína merece una atención especial porque con el paso de los años puede disminuir la masa y la fuerza muscular. Incluir una fuente proteica en las comidas principales —como legumbres, pescado, huevos, yogur natural, tofu, frutos secos, pollo u otras opciones— ayuda a que la alimentación sea más completa. 

Esta recomendación adquiere todavía más importancia si se combina con ejercicio de fuerza adaptado a cada persona.

El calcio y la vitamina D también son relevantes para la salud ósea. La pérdida de masa ósea puede acelerarse alrededor de la menopausia, por lo que conviene incluir alimentos como yogur y otros lácteos, bebidas vegetales enriquecidas, sardinas u otros pescados que se consumen con espina, tofu enriquecido y algunas verduras. 

La fibra, presente en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, favorece una alimentación saciante y contribuye al buen funcionamiento intestinal. Las grasas saludables del aceite de oliva, el pescado azul y los frutos secos pueden sustituir a otras grasas menos recomendables, mientras que conviene limitar el consumo habitual de productos ultraprocesados ricos en azúcares, sal y grasas saturadas.

Un ejemplo sencillo de plato equilibrado podría ser una base abundante de verduras, una ración de garbanzos, pescado, huevo o tofu, una porción de patata o cereal integral y aceite de oliva virgen extra. Acompañarlo con agua y reservar los alimentos más azucarados o ultraprocesados para un consumo ocasional permite cuidar la salud sin convertir la comida en una fuente de culpa.

La mejor alimentación para una mujer de 45 años o más no es la más restrictiva, sino la que aporta variedad, suficiente energía y nutrientes, respeta sus preferencias y puede mantenerse a largo plazo. Si existen síntomas importantes, pérdida de peso involuntaria, problemas digestivos, osteoporosis, diabetes, hipertensión, enfermedad renal o dudas sobre suplementos, lo adecuado es consultar con un médico o dietista-nutricionista.

Cuidar la salud también es exigir visibilidad

El mensaje de este análisis no pretende alarmar a las mujeres mayores de 45 años, sino reivindicar una atención más completa y justa. Los cambios que aparecen con la edad no deben ignorarse, pero tampoco interpretarse siempre como inevitables.

Consultar ante síntomas nuevos o persistentes, mantener las revisiones preventivas indicadas y hablar abiertamente con los profesionales sanitarios son pasos importantes. También lo es pedir explicaciones, solicitar una segunda opinión cuando sea necesario y no aceptar que cualquier malestar quede reducido a “cosas de la menopausia” sin una valoración adecuada.

La salud de una mujer no termina cuando deja de menstruar ni cuando sus hijos crecen. Tampoco debería perder visibilidad en los registros médicos o en las prioridades de investigación.

Por Miguel Jara, periodista y responsable de Comunicación de Espacio Orgánico.

Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye la consulta con profesionales sanitarios.

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Miguel Jara 3 de septiembre de 2026

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