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Ormuz, Trump y la cesta de la compra: otra vez sin los deberes hechos

El estrecho de Ormuz está lejos en el mapa, pero cada vez está más cerca de nuestra despensa. Del bloqueo de este paso estrecho dependen barcos cargados de petróleo, gas y fertilizantes que sostienen el sistema agroalimentario global. Y, sin embargo, la sensación es conocida: otra sacudida geopolítica, otra crisis de precios… y otra vez nos pilla sin los deberes hechos.

La pandemia de Covid nos avisó de la fragilidad de las cadenas de suministro; la guerra de Ucrania nos mostró lo caro que es depender del gas y del petróleo para producir alimentos; ahora, el conflicto en Oriente Medio y el cierre de Ormuz vuelven a tensionar la cesta de la compra. 

Cambia el titular, pero el patrón se repite: un modelo alimentario muy dependiente de combustibles fósiles, de largas distancias y de una geopolítica cada vez más inestable.

Energía cara, comida cara: una ecuación demasiado simple

Cuando hablamos del estrecho de Ormuz, solemos pensar en petróleo, gasolina, calefacción. Pero detrás hay mucho más: fertilizantes sintéticos, pesticidas, transporte de materias primas, barcos portacontenedores que cruzan medio planeta para que podamos comprar todo, todo el año, venga de donde venga. 

Nuestro sistema alimentario funciona como una extensión de la economía fósil: sin energía abundante y barata, los costes de producción suben y, con ellos, los precios finales.

Eso significa facturas de luz y gas más altas para las familias, pero también para las pequeñas explotaciones ecológicas, para las cooperativas, para los proyectos que intentan hacer las cosas de otra manera

Aunque su modelo de producción sea más respetuoso con el suelo y menos dependiente de insumos externos, siguen atrapados en un entorno donde la energía, la logística y la inflación marcan el ritmo.

Y aquí aparece una paradoja dolorosa: justo cuando más necesitaríamos alimentos ecológicos, locales y resilientes, la subida generalizada de precios amenaza con convertirlos, otra vez, en un “lujo” para pocos. El peligro es que el discurso dominante se resuma en un “ahora no toca”, “lo importante es que haya comida, ya nos ocuparemos luego de si es sana o ecológica”.

La tentación de renunciar a lo ecológico

En contextos de crisis, aparece siempre la misma tentación: flexibilizar normas ambientales, abaratar a toda costa, sacrificar lo ecológico en nombre de la “urgencia”. Es el “sálvese quien pueda” traducido a políticas alimentarias. Se presenta la producción intensiva, dependiente de fertilizantes y pesticidas, como única garantía de “seguridad”, mientras los proyectos ecológicos son caricaturizados como capricho de urbanitas acomodados.

En paralelo, los recortes y reorientaciones de subvenciones suelen apuntar en la misma dirección: se privilegia lo que promete volumen rápido y se considera “prescindible” aquello que cuida los suelos, la biodiversidad, la calidad nutricional o la justicia social en el campo. Es fácil imaginar un escenario en el que, ante nuevas tensiones económicas, parte de las ayudas al sector ecológico se reconduzcan hacia otras prioridades consideradas “más urgentes”.

Pero conviene hacernos una pregunta incómoda: ¿de verdad es “prescindible” el modelo que nos ofrece más resiliencia a medio y largo plazo? ¿Es sensato recortar precisamente en aquellas prácticas que nos ayudan a depender menos del gas, del petróleo y de insumos importados? Si algo nos enseña el bloqueo de Ormuz es que la dependencia nos sale carísima.

Soberanía alimentaria: de consigna a necesidad

En este contexto, la idea de soberanía alimentaria deja de ser un eslogan y se convierte en una necesidad estratégica. No hablamos de autarquía obsesiva, sino de algo tan simple y a la vez tan revolucionario como esto: que una parte importante de lo que comemos se produzca cerca, con suelos vivos, con agua cuidada y con agricultores y agricultoras que puedan vivir de su trabajo.

Eso implica varias cosas:

  • Reforzar la producción ecológica de proximidad, de modo que depender menos de fertilizantes importados y de transporte internacional sea una realidad, no un deseo.
  • Apostar por energías renovables y modelos energéticos distribuidos en el ámbito rural, para que las fincas sean menos vulnerables a los vaivenes del gas y del petróleo.
  • Donde haya exportación, que no se haga a costa de dejar el mercado local desabastecido o con precios inalcanzables, sino como una estrategia complementaria y justa.

La crisis puede ser una oportunidad para repensar esto. Pero no podemos ser ingenuos: mientras las grandes decisiones sigan capturadas por intereses fósiles y financieros, la soberanía alimentaria será más un reto político que un simple ajuste técnico.

El sector ecológico español vive una contradicción permanente. Por un lado, somos grandes productores, con una superficie creciente de cultivo ecológico. Por otro, seguimos siendo relativamente poco consumidores: buena parte de lo que se produce se exporta. Cuando suben los costes de transporte y se encarece la energía, esa ecuación se resiente.

A eso se suman las incertidumbres geopolíticas: tensiones comerciales, cambios de alianzas, mercados que se cierran o se vuelven menos rentables. Hoy miramos a Estados Unidos, mañana a países del Golfo, pasado a Asia. Esa volatilidad puede ser letal para pequeños y medianos proyectos que no tienen colchones financieros ni capacidad para absorber grandes golpes.

Sin embargo, incluso en medio de este caos, hay ventanas de oportunidad:

  • Un posible repliegue del turismo internacional puede convertirse en una oportunidad para el ecoturismo local, para las visitas a fincas agroecológicas, para redescubrir el territorio.
  • La búsqueda de seguridad y sentido por parte de muchas personas puede traducirse en una demanda creciente de alimentos honestos, trazables, con nombre y apellidos detrás.
  • Las crisis de suministro internacional pueden reforzar el valor estratégico de producir cerca, con criterios ecológicos.

Todo dependerá de si somos capaces de sostener estos proyectos en el tiempo, de acompañarlos con políticas y de no dejarlos solos frente a la tormenta.

De la química fósil a la fertilidad viva

Uno de los aprendizajes más valiosos de los últimos años viene de la agricultura regenerativa y de la agroecología. Experiencias en distintos territorios, también aquí, muestran que es posible mantener rendimientos similares a los de sistemas convencionales y, al mismo tiempo, mejorar la salud del suelo, aumentar la capacidad de retener agua y secuestrar carbono.

Esto no significa que el cambio sea fácil, rápido o cómodo. Requiere conocimiento, inversión, tiempo de transición, acompañamiento técnico y estabilidad económica. Pero desmonta un mito muy instalado: la idea de que “sin fertilizantes sintéticos a gran escala nos morimos de hambre”. No es cierto. 

Lo que sí es cierto es que necesitamos otra manera de entender la fertilidad, basada en materia orgánica, en biodiversidad del suelo, en rotaciones, en cultivos de cobertura, en integración de ganadería.

Cuanto más avancemos en esa dirección, menos nos afectarán los vaivenes del mercado de fertilizantes, los cierres de estrechos o los sabotajes a plantas químicas en la otra punta del mundo. La verdadera seguridad alimentaria se construye con suelos vivos, no con contenedores llenos de nitrógeno sintético.

Medios, miedo y responsabilidad personal

Otra lección de estas crisis encadenadas es el papel del miedo. Cuando la información llega mediada por intereses económicos y geopolíticos, es fácil caer en la psicosis: enemigos absolutos, salvadores providenciales, bandos puros y malvados. 

Y, entre tanto ruido, se invisibiliza lo importante: quién produce nuestra comida, en qué condiciones, con qué impactos, con qué grado de dependencia.

Desconectarse de la intoxicación mediática no significa desinformarse, sino cultivar una mirada crítica. No comprar narrativas simplistas que señalan chivos expiatorios mientras protegen a los verdaderos responsables de la inestabilidad: un sistema económico que necesita guerras, materias primas baratas y mano de obra barata para mantenerse.

En medio de todo, nuestra responsabilidad como personas consumidoras puede parecer pequeña, pero no es irrelevante. Elegir alimentos ecológicos y de proximidad, cuando podemos permitírnoslo; apoyar a productores locales; exigir transparencia a empresas y administraciones; defender políticas que prioricen suelos vivos frente a beneficios a corto plazo… Todo esto suma. No sustituye a los cambios estructurales, pero los empuja.

Hacer los deberes, por fin

Decir que “nos vuelve a pillar sin los deberes hechos” no es rendirnos, es nombrar el problema. Hemos tenido avisos de sobra: pandemia, guerra en Ucrania, crisis energética, ahora el bloqueo de Ormuz y la escalada bélica en Oriente Medio. 

Los diagnósticos están ahí desde hace años: dependencia fósil, concentración de poder, vulnerabilidad de las cadenas largas, pérdida de suelos fértiles, invisibilización de quienes producen alimentos.

Los deberes no son un misterio:

  • Reorientar las ayudas públicas para que dejen de sostener lo que nos debilita y empiecen a financiar de verdad la transición agroecológica.
  • Relocalizar parte significativa de nuestra alimentación, reduciendo distancias físicas y políticas entre campo y ciudad.
  • Proteger el suelo fértil como patrimonio común, no como reserva para futuras urbanizaciones o megaproyectos energéticos.
  • Acompañar a la gente del campo en la transición, con recursos, formación y seguridad.
  • Cultivar, desde la ciudadanía, una cultura del cuidado y de la responsabilidad en lo que comemos.

Quizá no podamos detener guerras ni abrir estrechos bloqueados. Pero sí podemos decidir qué modelo alimentario queremos sostener con nuestro dinero, nuestras políticas y nuestras decisiones cotidianas. 

Si no hacemos esos deberes, cada crisis se repetirá con otro nombre, y seguiremos preguntándonos por qué la cesta de la compra se ha vuelto un campo de batalla.

En Espacio Orgánico elegimos, día a día, estar del lado de quienes cuidan la vida: la del suelo, la de los ecosistemas, la de las personas. En tiempos de incertidumbre, esa elección no es una moda, es una forma de resistencia. Y quizá, también, la mejor manera de prepararnos para lo que venga.


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