En los últimos años, términos como “neutralidad climática”, “producción sostenible” o “impacto cero” han pasado a formar parte habitual del discurso de las grandes empresas alimentarias. Especialmente en sectores como el de la carne y los lácteos, donde el impacto ambiental es elevado y las promesas verdes se han multiplicado. Pero, ¿hasta qué punto son reales?
Un reciente estudio científico publicado en la revista PLOS Climate pone cifras a una sospecha creciente: la gran mayoría de los compromisos ambientales de estas compañías podrían no ser más que estrategias de comunicación.
En concreto, la investigación concluye que hasta el 96-98% de las declaraciones analizadas pueden considerarse greenwashing o ecopostureo.
Este dato no solo cuestiona la credibilidad de estas empresas, sino que también abre un debate clave para consumidores, reguladores y el propio sector alimentario.
Qué dice exactamente el estudio
El trabajo, desarrollado por investigadoras de las universidades de Miami y Nueva York, analizó en profundidad los informes de sostenibilidad y contenidos web de 33 de las mayores empresas cárnicas y lácteas del mundo entre 2021 y 2024.
Entre ellas se encuentran gigantes como Nestlé, Danone o JBS —la mayor empresa cárnica del planeta—, así como el grupo español Coren.
A partir de este análisis, identificaron un total de 1.233 declaraciones ambientales. Los resultados son reveladores:
- El 68% de las afirmaciones estaban relacionadas con el clima.
- El 38% eran promesas futuras difíciles o imposibles de verificar.
- Solo el 29% incluían algún tipo de prueba que las respaldara.
- Únicamente tres afirmaciones contaban con respaldo científico académico.
Es decir, la mayoría de los compromisos ambientales se basan en proyecciones, lenguaje ambiguo o datos incompletos.
Uno de los aspectos más preocupantes que señala el estudio es la desconexión entre lo que las empresas prometen y lo que realmente hacen para cumplirlo.
Muchas compañías anuncian objetivos ambiciosos, como alcanzar la neutralidad climática en 2040 o 2050. Sin embargo, no detallan cómo lo lograrán ni destinan recursos suficientes para ello.
El análisis de las inversiones lo deja claro: solo una de las empresas estudiadas —Nestlé— informó de inversiones significativas vinculadas a sus objetivos climáticos.
Esto sugiere que, en muchos casos, la sostenibilidad sigue siendo más un elemento de marketing que una prioridad estratégica real.
El papel de las compensaciones: ¿solución o parche?
Otro punto clave es el uso de mecanismos de compensación de emisiones. Muchas empresas basan sus planes climáticos en la compra de créditos de carbono o en proyectos forestales.
Aunque estas herramientas pueden tener cierto valor, el problema surge cuando se utilizan como sustituto de la reducción real de emisiones.
Es decir, en lugar de transformar el modelo productivo —algo especialmente necesario en la ganadería intensiva—, se opta por “compensar” el impacto sin reducirlo de forma significativa.
Este enfoque ya ha sido ampliamente criticado en otros sectores, como el del petróleo y el gas, y ahora el estudio demuestra que también está muy presente en la industria alimentaria.
El estudio también detecta patrones claros de greenwashing en la forma en que las empresas comunican sus compromisos.
Entre los más frecuentes:
- Uso de términos ambiguos como “sostenible” o “responsable” sin definición concreta.
- Falta de transparencia sobre cómo se miden las emisiones.
- Énfasis en pequeñas mejoras de eficiencia con impacto limitado.
- Promoción de iniciativas puntuales o piloto que no reflejan el conjunto del negocio.
Este tipo de estrategias generan una percepción positiva en el consumidor, pero no implican necesariamente cambios estructurales.
Un ejemplo paradigmático es el de JBS, que llegó a anunciar productos cárnicos con “cero emisiones netas”, una afirmación que ha sido objeto de acciones legales por posible publicidad engañosa.
Un sector bajo la lupa (con razón)
La importancia de este estudio no se entiende sin tener en cuenta el enorme impacto ambiental del sector ganadero.
La producción de carne y lácteos está asociada a:
- Altas emisiones de gases de efecto invernadero (especialmente metano).
- Uso intensivo de agua y recursos naturales.
- Deforestación en regiones clave como la Amazonía.
- Pérdida de biodiversidad.
Por ello, cualquier compromiso ambiental en este ámbito debería ser especialmente riguroso, medible y verificable.
Sin embargo, los resultados del estudio indican que, en muchos casos, ocurre justo lo contrario.
Para quienes buscan llevar una alimentación más consciente, esta situación plantea un reto importante: no basta con confiar en los mensajes de las marcas.
El greenwashing puede generar confusión y dificultar la toma de decisiones informadas. Algunas claves para orientarse mejor:
- Priorizar productos con certificaciones ecológicas oficiales (como el sello ecológico europeo).
- Desconfiar de términos genéricos sin respaldo claro.
- Valorar el origen, la trazabilidad y la transparencia de las marcas.
- Apostar por productores pequeños o proyectos con compromiso real.
En este contexto, el papel del consumidor es más relevante que nunca, pero también lo es el de las instituciones.

La necesidad de una regulación más estricta
El estudio apunta a una conclusión clara: es necesario reforzar los mecanismos de control sobre las declaraciones ambientales. Expertos en derecho mercantil señalan que estos resultados deberían impulsar:
- Estándares más exigentes de reporte y verificación.
- Mayor transparencia en los datos ambientales.
- Sanciones frente a afirmaciones engañosas.
- Marcos regulatorios que eviten el uso abusivo de términos como “sostenible”.
En algunos países, como Estados Unidos, ya se están produciendo acciones legales contra empresas por este tipo de prácticas.
En Europa, donde la regulación ambiental es más avanzada, este debate también está sobre la mesa.
A pesar de la crítica, el estudio también deja una lectura positiva: el hecho de que las empresas sientan la necesidad de hablar de sostenibilidad indica que existe presión social.
El problema no es que hablen de ello, sino que no lo respalden con acciones reales. La transición hacia un sistema alimentario más sostenible requiere cambios profundos:
- Reducción del consumo de carne procedente de ganadería intensiva.
- Impulso de modelos ecológicos y regenerativos.
- Apoyo a circuitos cortos y producción local.
- Mayor coherencia entre discurso y práctica empresarial.
Así, las marcas que realmente apuesten por la sostenibilidad tendrán una oportunidad diferencial en los próximos años.
El papel de la alimentación ecológica
Frente a este escenario, la producción ecológica certificada se posiciona como una alternativa más fiable.
No porque sea perfecta, sino porque está sujeta a normas claras, controles independientes y criterios verificables.
En lugar de promesas a largo plazo, la agricultura y ganadería ecológicas ofrecen prácticas concretas en el presente:
- Prohibición de pesticidas y fertilizantes sintéticos.
- Bienestar animal regulado.
- Protección del suelo y la biodiversidad.
- Limitación del uso de antibióticos.
Esto no elimina la necesidad de seguir mejorando, pero sí aporta una base más sólida frente al discurso vacío. El estudio de PLOS Climate pone sobre la mesa una realidad incómoda: la sostenibilidad no puede quedarse en una estrategia de comunicación.
En un contexto de crisis climática y ecológica, las palabras importan, pero los hechos mucho más.
Para las grandes empresas, esto implica asumir responsabilidades reales. Para las instituciones, reforzar la regulación. Y para los consumidores, mantener una mirada crítica e informada.
Porque, al final, construir un sistema alimentario más justo y ecológico no depende de una sola pieza, sino del conjunto. Y en ese conjunto, distinguir entre compromiso real y ecopostureo es un primer paso imprescindible.
El “ecopostureo” en la industria cárnica y láctea: cuando la ecología se queda en marketing